Debo comprar menos videojuegos: se acabó jugar por obligación

En febrero de este año tomé una decisión bastante drástica. Una de esas cosas que, con lo que me gustan los videojuegos y el coleccionismo, juré que no haría jamás: deshacerme de parte de mi colección. De golpe vendí 25 juegos. Los malvendí, perdiendo dinero con casi todos, y ya tengo en mente quitarme unos 20 o 30 más.

He pasado de disfrutar de forma sana de mi principal hobby, a sentir un agobio y una ansiedad que me hace jugar por obligación sin disfrutar apenas nada.

No quiero que este texto sea el típico resumen de mi vida como jugador. Quiero hablar de un sentimiento de saturación que llevaba ya bastante tiempo quemándome por dentro y al que por fin he decidido plantar cara.

Los inicios: cuando un solo juego duraba meses

Llevo jugando a videojuegos desde que tenía apenas 5 años, a principios de los 90. Este hobby me ha acompañado siempre y me ha hecho ser como soy (llevando incluso mi capacidad de organización a niveles un poco obsesivos). Entré en el mundillo con Super Mario World como primer juego en propiedad con mi adorada Super Nintendo. También recuerdo jugar a juegos que me dejaron huella como Grand Prix Circuit de Accolade, 3×3 OffRoad o Wolfenstein 3D, títulos que me ponía mi padre cuando le acompañaba a su trabajo.

Entonces los juegos no nos duraban una tarde; pasábamos semanas, meses o incluso años con el mismo cartucho. Tardé una eternidad en conseguir las 96 salidas de Super Mario World, en descubrir los secretos de Wario Land o en pasarme por primera vez mi adorado Final Fantasy IV.

En las siguientes generaciones seguí teniendo pocos juegos y, como tampoco era demasiado habil jugando, me duraban una eternidad. Jugué miles de horas a Perfect Dark y Super Mario 64 me duró meses. Me acuerdo perfectamente de ir a la web de Nintendo de finales de los 90, imprimir las guías en papel e ir corriendo a casa de mi primo cuando conseguí las 120 estrellas. Fue todo un logro. Lo mismo me pasó con Pokémon Edición Plata, donde acumulé más de 420 horas haciendo casi siempre lo mismo, simplemente porque me entretenía.

El inicio del descontrol: de los cartuchos piratas al FOMO de Switch

No recuerdo exáctamente en qué momento cambió mi mentalidad, pero la primera semilla se plantó durante la época de Nintendo DS. Muchos recordaréis aquellos cartuchos de «dudosa legalidad» en los que metías docenas de juegos. Al tener tantos juegos al alcance de la mano y gratis, conocí grandes joyas que años más tarde he buscado en fórmato físico, pero que, en su momento, pocos terminé ya que no paraba de saltar de un juego a otro.

Durante la época de Nintendo 3DS y Wii U fue cuando comencé a tener ingresos y donde fui comprando cada vez más juegos. Pero el descontrol comenzó con la llegada de Nintendo Switch al mercado en el año 2017. El ritmo de lanzamientos se volvió completamente alocado y nos arrastró al famoso FOMO (el miedo a quedarte fuera de la conversación social si no juegas a algo el día de salida).

Recordemos cuando salió al mercado Zelda Breath of the Wild. Jugarlo de lanzamiento implicaba compartir en redes lo que descubrías por Hyrule a la vez que todo el mundo. Si te compras ese juego un año después, la experiencia cambia; en internet ya casi ni se habla de él y tus amigos ya se lo han terminado. Y es que ese primer año de Switch fue una auténtica locura de platos fuertes: Super Mario Odyssey, Xenoblade Chronicles 2, Mario Kart 8 Deluxe, Mario + Rabbids, ARMS y Splatoon 2, entre otros.

Un ritmo de lanzamientos así de loco durante ocho años de generación es imposible de seguir. Vas dejando pendientes de jugar y pendientes de comprar mes a mes. Si un mes salían 8 juegos que me interesaban, con suerte podía comprar 4 y pasarme 2. Por tanto, cada mes sumaba 4 títulos a la lista de deseados y otros 2 a la caja de pendientes. Y eso durante una década quiebra la cabeza de cualquiera.

Rushear juegazos con el cronómetro en la mano

Como resultado de la sección anterior superé hace unos meses los 350 juegos físicos en mi colección de Switch. Estos últimos años me he sentido abrumado. Incluso cuando usaba el PC para jugar a títulos de otras plataformas que me apetecían mucho como The Last of Us, Gears of War 5, God of War, Horizon Zero Dawn o los Assassin’s Creed, me sentía culpable. Sentía que era tiempo que no estaba invirtiendo en jugar a los juegos que adquiría en formato físico.

Para intentar sentirme mejor conmigo mismo, empecé a «quemar» los videojuegos. Los ponía en la consola, los rusheaba a toda prisa y pasaba al siguiente, solo por tacharlos de la lista y quitarme la culpa de tenerlos ahí parados.

Lo triste es que esto me ha acabado pasando con títulos importantes. Me ocurrió a principios de año con Final Fantasy VII Remake: me vi pasando de largo los textos de las misiones secundarias y poniendo el juego a velocidad x2 en ciertos momentos porque no quería que me durase demasiado. Tenía demasiados juegos en espera.

Me ha pasado lo mismo con Dragon Quest VII Reimagined y con Trails in the Sky 1st Chapter. Si el juego me dejaba ponerlo a velocidad rápida, lo hacía, porque sentía que no podía «perder» varias semanas con un mismo juego. He llegado al punto de mirar constantemente la web de HowLongToBeat para calcular cuántos días exactos iba a tener ese juego ocupando la consola antes de poder meterlo en su caja y pasar al siguiente. Una completa locura.

Por suerte, hay excepciones y no con todos los juegos he caído en este pozo. Resident Evil Requiem o Pragmata los he disfrutado mucho, a ritmo relajado.

Si a esto le sumamos que sigo picando cosas de Nintendo DS, 3DS o sistemas retro, y que uso consolas emuladoras chinas para jugar a títulos de Super Nintendo o Game Boy Advance que se me escaparon en su día, el colapso estaba asegurado.

Recuperar el control de mi hobby

La decisión de vender esos 25 títulos en febrero, y planear quitarme otros 25 más, ha sido un paso totalmente necesario. He perdido dinero, sí, pero he hecho espacio en casa y me he quitado de la vista juegos que sé que no iba a tocar nunca o que, tras pasármelos, no me habían gustado nada.

Me ha costado años darme cuenta de esto. Años de gastar por gastar y de jugar por pura obligación. Al final, lo tengo clarísimo: es infinitamente mejor sentarte y disfrutar de verdad de un solo juego durante 200 horas, que quemar de mala manera cinco títulos en dos meses sin enterarte de nada de lo que ha pasado.

No sirve de nada tener cientos de juegos si te generan agobio cada vez que miras la estantería. El mercado va a seguir sacando juegazos todas las semanas, pero el ritmo lo tengo que marcar yo. No pasa nada por no jugarlo todo el día de salida, porque es sencillamente imposible. Se acabó jugar por obligación.

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